El Comercio – «El terreno de La Vega debería ser para la ciudad, como las monjas querían»

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“24.11.13 – 01:43 – MARÍA LASTRA | OVIEDO.
* Martínez Vega repasa la historia del monasterio de Santa María de la Vega y del traslado de las monjas a San Pelayo, y apuesta por la conservación
* Andrés Martínez Vega Historiador y subdirector del Ridea

Por sus estancias han pasado las féminas más nobles de Asturias durante seis siglos de actividad monacal. Santa María de la Vega, sobre cuyos cimientos se levanta la ya cerrada fábrica de armas, ha sido durante años un importante centro de difusión cultural sobre el que Andrés Martínez Vega echa la vista atrás. El historiador y subdirector del Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea) es, además, un buen conocedor del monasterio, cuya historia reconstruye a lo largo de esta entrevista.

-Ramón Rodríguez comenzó su andadura como presidente del Ridea este mismo año. ¿Cómo han sido los primeros meses de trabajo a su lado?

-Muy fructíferos. A la obra planificada por la anterior dirección se han sumado una gran cantidad de actos culturales y hemos constatado que cada vez acude más gente. Detrás hay un trabajo imparable.

-Uno de sus objetivos fundamentales era precisamente la visibilización del Ridea. ¿De qué manera?

-Tenemos que estar presentes en la sociedad asturiana, tener los ojos y los oídos pendientes de las inquietudes culturales de la gente. Eso se consigue con mucho trabajo y dinamismo, además de con un proyecto atractivo.

-Uno de los principales problemas es la financiación.

-Sí claro, lo normal en estos tiempos. Con lo que nos dan no podemos hacer grandes cosas, pero las buenas ideas y el espíritu de trabajo pueden suplir el dinero.

-Experto en monasterios, uno de los que más ha estudiado es el de Santa María de la Vega. ¿Cuáles fueron sus orígenes?

-Procede de la orden francesa de Fontevrault, basada en la regla de San Benito. En 1153 doña Gontrodo firmó su carta fundacional, pero las obras ya habían empezado años atrás, sobre 1133. Hasta el siglo XII siguió dependiendo de Fontevrault, pero en el siglo XIII pasó a la orden benedictina.

-¿Cuál fue el trasfondo del traslado forzoso de las monjas a San Pelayo?

-Hubo varios traslados. El primero fue en 1809 debido a la invasión del monasterio durante la Revolución francesa. Dos años después las monjas regresaron a La Vega y a su vuelta se encuentran un hospital que tienen que acondicionar para vivir. Luego, en 1836, con las guerras carlistas, vuelven por segunda vez a San Pelayo, donde mueren muchas debido a la cólera; entre ellas, la abadesa. La monja doña Antonia Palacios pasa a ser la presidenta y solicita volver a La Vega, algo que les conceden en 1845. Sin embargo, en 1854 el Ministerio de la Guerra comunica al Ayuntamiento que si tienen terrenos suficientes instalarán una fábrica de armas. Eso ocurre el 20 de julio y al día siguiente les ordenan irse. El arzobispado protesta, pero la Junta General urge el desalojo y, tras sentirse atemorizadas, salen del monasterio a San Pelayo el 31 de julio para nunca más regresar. Les habían prometido unos carruajes a la puerta a las 10 de la mañana para el traslado, pero salen a las once de la noche, después de decir que no necesitaban carruajes ni artefactos.

-Las monjas, sin embargo, no querían unirse a la comunidad de San Pelayo.

-Ellas habían prometido en sus votos estabilidad para servir toda su vida como monjas de Santa María de la Vega. No querían marcharse de su casa. Querían seguir siendo ellas mismas, no mezclarse con otra orden.

-Y finalmente el edificio monacal se transformó en fábrica de armas.

-El 1 de agosto la Junta y el Ayuntamiento ya encargaron las obras y empezaron a destruir el monasterio para hacer los talleres.

-¿Qué se conserva?

-El claustro barroco, importantísimo, y restos románicos de la iglesia primitiva. También hay que tener muy en cuenta las naves industriales del siglo XIX, de un gran valor.

-¿Y qué se hizo con los bienes?

-Los repartieron para que no se perdieran. Algunos sepulcros, como el de la abadesa, fueron reclamados por las monjas, pero no se los dieron. Hoy pueden verse en el Museo Arqueológico.

-En el caso del cierre de la fábrica de armas, ¿cuál es su propuesta para el lugar?

-Debería ofrecerse a la ciudad, como las monjas querían. Aquello es inmenso y podrían hacerse muchas cosas, aprovecharlo realmente.

-La abadesa de San Pelayo ya habló a favor de esta salida.

-Es algo fundamental, y también recordar su pasado monacal, como ella también apuntó.

-Hace años instó al Principado a salvar el patrimonio monástico, ¿ha mejorado la situación?

-Hace años puse la voz de alarma y hoy, no sé si por la situación económica, el patrimonio sigue como estaba. Lo grave de la situación es que las cosas que se pierden nunca más se recuperan.”

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