Crónica – Opinión: “Imbéciles, pero orgullosamente armados”

Definitivamente Google no tiene el día. Sigue sin encontrar nada relacionado con la retirada de las demandas de Santa Bárbara, y tan solo muestra esta noticia en castellano de Santa Bárbara y relacionado con una matanza. Simple lectura de entretenimiento de fin de semana.

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Imbéciles, pero orgullosamente armados

Fran Ruiz | Opinión | Fecha: 2014-05-30 | Hora de creación: 22:01:11

Casi coincidiendo en el tiempo se han producido dos noticias de gran calado en Estados Unidos. La primera empieza a ser preocupantemente habitual: joven rabioso con la vida aprovecha que en su país es más fácil comprar armas que tabaco, para provocar una matanza. La segunda es el anuncio del presidente Barack Obama de que antes de que abandone la Casa Blanca —enero de 2017— no quedará ni un soldado en Afganistán, como así desea la gran mayoría de los estadunidenses.

Y se preguntarán: ¿Qué tiene que ver el reciente tiroteo de Santa Bárbara, donde fueron asesinados seis jóvenes, con la retirada de las tropas del país donde se gestaron los atentados del 11-S? A priori, nada, pero combinadas ofrecen un claro ejemplo de la trágica contradicción de una sociedad que sufre con la muerte de sus soldados y, al mismo tiempo, se muestra impasible ante la epidemia de compatriotas asesinados a tiros por otros compatriotas.

Llegados a este punto, convienen aclarar que el hartazgo de la opinión pública a la guerra que empezó George W. Bush en Afganistán e Irak, hace casi 13 años, no se debe a una conversión masiva de los estadunidenses al pacifismo, como ocurrió en la década de los sesenta y los setenta, sino a una cuestión de orgullo herido. El ejemplo de que esto es así fue el impacto que tuvieron las fotos de la masacre de My Lai, que ocasionó un rechazo generalizado de la población de EU a la brutalidad de sus tropas en Vietnam, lo que precipitó el fin de la guerra, en contraste con la casi nula repercusión que tuvieron las fotos de los presos iraquíes torturados en Abu Ghraib. Lo que realmente escandalizó a la opinión pública estadunidense fue la foto que Bush trató de censurar, la del interior de un avión militar lleno de ataúdes de soldados caídos en combate, cada uno con su respectiva bandera de las barras y las estrellas.

Obama no es diferente al resto de sus compatriotas contemporáneos. De hecho, su estrategia en política exterior, que acaba de presentar, consiste básicamente en sustituir las tropas de EU por drones, sin importarle mucho si el bombardeo de uno de esos aviones no tripulados destruye viviendas de afganos o paquistaníes, como ha ocurrido decenas de veces desde hace dos años, con el resultado de centenares de civiles muertos e intolerables excusas del Pentágono, que se escuda en la “inevitabilidad de las bajas colaterales”.

Cuando culmine en 2016 la retirada de Afganistán —y si el sustituto de Obama en la Casa Blanca mantiene su política exterior desmilitarizada—, Estados Unidos habrá dejado de sumar muertos en el exterior, pero nada hace creer que dejará de sumar bajas en el interior.

Si la nación y sus políticos no fueron capaces de reaccionar a la matanza de veinte niños en Connecticut, a manos de un adolescente perturbado y armado hasta los dientes, no lo va hacer nunca. Los estadunidenses son demasiado adictos a las armas como para abolir la Segunda Enmienda, esa que antepone el derecho a portar armas al derecho de un ciudadano a vivir con la garantía de que un día no aparezca en su casa un descerebrado, frustrado porque nadie quiere tener sexo con él —como le pasó al asesino suicida de Santa Bárbara—y ametralle a toda su familia con el arma que compró sin mayor problema.

En nombre de un falso concepto de libertad y engolosinados por los miles de dólares que los “lobbistas” de la National Rifle Association les mete en los bolsillos, los congresistas bloquean una y otra vez cualquier ley que endurezca el control de armas. El resultado, ya lo vemos y lo padecemos directamente: altísimas tasas de asesinatos en EU y también en México, por las miles de armas que cruzan la frontera de contrabando.

Mi conclusión es que Estados Unidos es un país de imbéciles. Es imbécil el que dispara a bocajarro a quien se encuentre, porque un día se levantó encabronado con la vida; y son imbéciles los congresistas, que impiden con leyes que esto ocurra. Pero más imbéciles aún son los millones de votantes que eligen a este tipo de legisladores.

Lo dicho, hay demasiados imbéciles en Estados Unidos. Pero eso sí, orgullosamente armados.

 

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