Radio Coruña – Pregunta ociosa

“Radio Coruña Cadena SER (15-03-2018).

Pregunta ociosa: …le pregunté qué le parecía cómo iba la Fábrica de Armas. “Francamente mejorable”, respondió él, lo que en lenguaje militar es el equivalente a “una puta mierda”.

Relato de como un periodista local pregunta al Delegado de Defensa, Juan Carlos Sancha Orduña, por la fábrica de armas.”

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“EL ESTILITA

Pregunta ociosa

ABEL PEÑA  A Coruña  15/03/2018 – 18:29 h. CET

  Teníamos que ser unos ocho periodistas de distintos medios, incluida la tele, los que esperábamos frente a la Delegación del Gobierno la llegada de Roberto Teijido, el presidente del antiguo comité de empresa de la Fábrica de Armas. Su grupo lleva años inmerso en una campaña contra la concesionaria actual de la fábrica, Hércules de Armamento, pero ese día, por primera vez, había sido recibido por el delegado de Defensa para que pudiera informarle (ya lo sabía todo) de lo que estaba ocurriendo en la planta de Pedralonga: los trabajadores nunca habían recibido sus sueldos, la producción estaba por los suelos, tampoco se pagaba a la empresa de seguridad, ni la concesión a Defensa. Luego se dirigió frente a la Delegación del Gobierno donde, como ocurre a menudo los viernes, sus compañeros se manifestaban y donde nosotros le esperábamos. Activé la grabadora del móvil y la acerqué con los demás micrófonos.

  Confieso que no le presté mucha atención. Había escuchado a Teijido muchas veces, y siempre dice lo mismo: el proyecto de Hércules de Armamento es un “bluff”, existen “intereses inconfesables” relacionados con el terreno, están luchando por un futuro industrial para la comarca… Mientras resumía el resultado de la entrevista con el delegado de Defensa, me pregunté cuál sería la versión de este. Era una pregunta ociosa, claro, pero el caso es que la sede de Defensa se encontraba a cien metros de allí, en uno de esos bonitos edificios de la avenida del Puerto. Mientras mis colegas se dispersaban, decidí acercarme, presa de un impulso propio de un becario. Entré por la puerta de madera y me encontré en una sala abierta, con mesas de oficina a un lado con esos separadores de conglomerado a la izquierda y asientos de sala de espera de hospital a la derecha. Detrás de un arco de metales había un policía nacional ya mayor y un vigilante de seguridad que me miraron como si me hubiera perdido. Sonreí lo más cordialmente que pude, les dije que era de la prensa y que quería hablar con el delegado. Se miraron entre ellos y luego me volvieron a mirar y llamaron a otra persona, un militar también de mediana edad.

  Le expliqué lo que quería. “Sabe usted que este no es el procedimiento”, me comentó. “Lo sé. Lo hago solo para ver si suena la flauta”, le respondí. Aquello le hizo sonreír y me invitó a pasar a la sala de espera mientras él subía a preguntar al delegado de Defensa. La verdad es que me sorprendía haber llegado tan lejos pero se notaba que era la primera vez que un periodista entraba por esa puerta sin cita previa. Simplemente no ocurría nunca, así que los había pillado completamente desprevenidos. Si hubiera entrado en la Delegación del Gobierno o en la Diputación, me habrían dado con un palmo de narices o peor, me habrían enviado al gabinete de prensa. Me senté y esperé dos minutos. Como digo, fueron muy amables pero no consigo sentirme cómodo con los militares, quizá porque siempre exhiben ese comportamiento reservado y formal con todos esos seres extraños a los que no emocionan las cargas a bayoneta calada y cuya ropa interior no es de color caqui. Además, consideran la obediencia una virtud y yo tengo una vena ácrata y soy bastante bocazas. No haría carrera en el Ejército. Pero claro, tampoco la he hecho en el periodismo.

  Apareció el mismo tipo bajando las escaleras y me indicó que subiera. “El delegado le recibirá”, me anunció, antes de pedirme una identificación. Que no lo hubiera comprobado antes demostraba hasta qué punto les había pillado desprevenidos. Tenía mi carné del periódico pero, si en vez de dárselo me hubiera puesto a gritar “¡Aláh Akbar!” y hubiera tratado de apuñalarle con mi boli, habrían rodado cabezas. Aparté de la mía cualquier fantasía yihadista y me presenté al delegado de defensa, el teniente coronel Sancha, un tipo alto y elegante con su uniforme de oficial de la Marina. Con él estaba un fulano rechoncho cuyo nombre no entendí, pero al que el uniforme le hacía parecer un azafato, y otro tipo del que no me acuerdo y al que llamaré coronel Tapioca. Me volvieron a recordar que ese no era el procedimiento, yo les dije que estaba de acuerdo, pero que había ido a ver si les pillaba con la defensa baja. Todos se rieron: el delegado, el azafato y el coronel Tapioca –ja,ja,ja-, con esa risa educada de comedor de oficiales. Sancha sugirió sentarse, pero yo fui al grano. No había traído libreta, y no me dejaron grabarle, así que el azafato me dejó su bloc y apunté lo que Sancha quiso revelarme de la reunión. Le pregunté qué le parecía cómo iba la Fábrica de Armas. “Francamente mejorable”, respondió él, lo que en lenguaje militar es el equivalente a “una puta mierda”, pero transcribí cuidadosamente lo que me dijo. Iban a enviar a un técnico a revisar las instalaciones y redactar un informe. Aquello era una exclusiva, valiosa sobre todo por la forma en la que lo había conseguido. “Ha tenido suerte”, me dijo el coronel Tapioca mientras me acompañaba a la salida. Yo no tuve valor para decirle que sí pero que, oiga, también había ido más allá en el cumplimiento del deber y lo peor es que nadie se daría cuenta ni me iba a condecorar. Menos mal que a mí no me importa colgarme medallas.”

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